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"La luna blanca, inmóvil, lagrimea,
y es un ojo que apunta… Y siento cómo
se acuña el gran Misterio en una idea
hostil y ovóidea, en un bermejo plomo.” 
(Vallejo, 1919)

Más de dos horas pasaron desde que el mundo cambió por completo. La oscuridad de la noche descansaba ahora en el precipicio de su mirada, más por debajo de los ojos, en donde vívidamente se mostraban todas las cosas del universo.
Muchos años más tarde algo por fin salió de su interior y se transformó en una potencia, que rápidamente se convirtió en una acción: en palabra. Fue como si una ligera llovizna cubriera después de mucho tiempo su jardín y las flores reverdecieran con sus aromas y sus formas. 
En su caso la palabra nunca había podido ser bien empuñada, le aterrorizaba que alguien escuchase lo que tenía para decir. Por eso prefería tan solo hacer en tanto hacer con el cuerpo, sin palabra alguna. Hacer para las demás personas para suplir su ausencia sonora. Y así poder callarse, profundamente. 
Pero callarse es algo más que callarse, el silencio oprime con persistente animalidad y llena de vacío la no-significación. Una conciencia que calla también calla en su interior y es ahí donde no tiene lugar la memoria. Almacenar imágenes no significa tener memoria, sino que la memoria se construye a través del ordenamiento de la palabra, y en una conciencia silenciada todo se reduce al pensamiento del tiempo real, de la acción. Y mucho tiempo había pasado ya desde que había decidido callarse. 
Ahora su conciencia recuerda esa mirada penetrante que a lo lejos analizó su esencia por primera vez. Y esas manos trazadas por un dolor insoslayable. Y el campo plagado de pasos de niño. Y el calor insoportable que hacía el día aquel en que la lluvia no venía. Y los gritos que se escuchaban a lo lejos pero que después llegaron. Y el odio. Y el miedo. Y la tristeza profunda…
Sonrió para sí, sin entender por qué. Es como si la angustia hiciese que quiera estallar en una intensa carcajada por un momento, como si una indómita vorágine poseyera todo su ser desde lo más profundo. Aprovechó la potencia para plasmarlo en la hoja y más de dos horas se las pasó escribiendo. Las imágenes se convierten, en la medida en que se entrelazan entre sí las unas con las otras, en una narración contigua que se transportaba a las páginas como si de éstas hubiese preexistido su finalidad.
Y no se detuvo hasta que sus dedos titubearon y su mirada se erigió súbitamente.
Celebró con los ojos y el agua se expandió por fin por el universo. El mundo cambió por completo.

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