nostalgia del futuro
A veces pienso demasiado las cosas. Como este inicio de página que me tomó casi medio café con leche y un cigarrillo. Me gusta, de igual manera, el momento de pensar el principio: el punto de partida. Es igual que pensar el final; es un compromiso estético con una misma y con lo que se escribe.
Ahora escribo porque quiero escribir, porque mi cabeza necesita algo de estructura y esa estructura es la palabra. Estos últimos días me sentí un poco extraña, con las energías bajas. La tan mencionada en mi análisis: crisis.
Cuando una se siente así es difícil luchar contra la aprobación inmediata que se recibe a través de las redes sociales. El momento de subir una foto de una misma es casi ritual: se esperan los likes, las respuestas, las vistas. Se observa hasta quién no vio, y los dedos se mecanizan al igual que los ojos y la atención. El juicio de valor se devela a partir de la respuesta a la foto de ese otro que me ve.
Hoy es particularmente domingo, y ya no soy la que está en la foto. Decidir subirla a redes es también, quizá, un mecanismo casi inconsciente para desprenderme de algo: de esa que ya no soy. Ahora soy esta que usa polainas y pantuflas, que no tiene más que ínfimos resabios de lo que fuere ese disfraz nocturno de mujer insertada en el mercado del ojo masculino. También me siento un poco ridícula: por ser y por no ser aquella, al igual que por ser y por no ser ésta.
Pienso que quizá la nostalgia es transversal a mi existencia. Y que, por lo general se la piensa en relación con el pasado, pero me interesa considerarla en términos más amplios, como ya lo hace de la manera más bella Borges en su “nostalgia del presente”.
Si bien su origen remite al dolor por la distancia, en términos etimológicos la palabra se compone de dos términos griegos: “nóstos” (regreso) y “álgos” (sufrimiento), cuyo significado general es “pena al verse ausente de la patria o de los afectos”. Sin embargo, a veces eso que se anhela puede encontrarse en el futuro, aunque, a diferencia del pasado, no se sabe exactamente la veracidad de su existencia.
Es a partir de esa torsión que quiero hablar de la nostalgia del futuro: ese deseo, a la vez incierto, de que todo sea de una forma y no de otra.
Para hablar de esto voy a partir de un episodio doméstico mínimo que me sucedió casualmente este domingo. Estaba por preparar una sopa porque es domingo, y es otoño, y hace frío, y, creo que no es necesario explicar más… y al sacar del cajón de las verduras el pedazo de calabaza que me había sobrado de la sopa anterior, vi en la superficie lo que parecía ser una pequeña comunidad de hongos reproduciéndose en lo que debería ser mi alimento. Sin dudarlo demasiado agarré el cuchillo grande y ¡zac! le corté una rodaja generosa. Además de la dificultad de encontrar una verdulería abierta en este pueblo con cara de ciudad un domingo, no podía salir a la calle en este estado de polainas y pantuflas a buscar otra calabaza. Tampoco tengo plata. Y, por desgracia, tengo otras prioridades: fotocopias y cigarrillos sueltos.
Mientras se hervían las verduras y la casa se llenaba de ese aroma que solo la comida hecha con el propósito del amor propicia, me puse a pensar en cual era el peligro real de consumir alimentos en este estado. Qué tanto daño podría hacerle a mi organismo ingerir un mínimo de esporas en comparación con otras formas de contaminación naturalizadas por el modelo industrial: el plástico, las toxinas, los procesos de producción.
Más allá de esa comparación, al decidir meter la calabaza en el agua de la olla, en lo que luego se transformaría en ese caldo espeso y homogéneo que más tarde consumiría disfrutando cada sorbo, siento que elijo desde mi “yo” más primitivo. Obedezco a un instinto de supervivencia ante la escasez que, en este caso, no es natural sino producto de la hostilidad del contexto económico de mi país.
A partir de esa imagen reaparece, como reaparecen las cosas en los sueños, un documental que me mostró un amigo: La isla de las flores.
Me gusta pensar que la experiencia vital debería ser también concebida como una experiencia estética. Para Saer, la experiencia estética es liberadora, y creo que lo es. Ese documental me conmueve por la crudeza de lo que muestra tanto como por los recursos con los que está construido.
La escena que más quedó en mi memoria es la del final, donde se ve a personas compartiendo sus alimentos con cerdos. Pienso que, al igual que otras especies, la población empobrecida es aquello que el sistema excluye y, al mismo tiempo, aquello de lo que se nutre. El sometimiento de muchos en función de la vida de unos pocos.
Ese documental muestra la realidad de un pueblo que se abastece de las sobras de otro, y en ese gesto las personas mismas se vuelven sobras. Partes de una rueda que las necesita para seguir traccionando. El sufrimiento “a costa de”, ahora presentado en nombre de la libertad.
Pensar en todo esto duele, y por eso también escribo. Porque hay un anhelo persistente de un futuro en el que esa escena sea apenas constatación de un pasado horrible al que se pretende recordar para no volver a repetir nunca.
Me parece certero reivindicar esta nostalgia con motivo también de diferenciarla de la angustia. La angustia es un sentimiento absoluto, un instante que se congela; la nostalgia, en cambio, es un deseo, una potencia en movimiento que puede transformarse en utopía. Y porque esta nostalgia habita en la historia y en la sangre de los pueblos que nos habitan: migrante, indígena, argentina.
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