Promotora

Esa noche tiré mi cuerpo en la cama como quien tira una bolsa de papas. Estaba tan borracho que podía sentir la separación de mi espíritu con la de mi masa. La parte inmaterial sostenía al conglomerado de piel, carne, huesos, y lo depositó sobre la gelidez de la cama inmóvil luego de haber sobrevivido a la noche que afuera se vestía de luces despampanantes y devaneo juvenil.
Mientras el mundo daba vueltas alrededor de la habitación o, más bien, mientras mi espíritu daba vueltas alrededor de la habitación que era a la vez el mundo, no podía parar de pensar en lo que había sucedido esa noche en el bar. 
Me presenté a las nueve y cuarto, puntual. Festejábamos por tercera vez la recibida de Facu. No faltaba ninguno, excepto Miranda que estaba de guardia. Cristian, mi amigo más cercano, se sentaba al lado mío y toda la mesa reía a carcajadas con sus ocurrencias, incluyéndome. Era un tipo sencillo, pero licenciado en filosofía, y eso se notaba en cada palabra, aunque no era de ostentar. Tenía el don del humor y de la palabra, y en esa suerte natural Cristian tenía la costumbre de presentarme consignas absurdas cada vez que se me ocurría levantarme para ir al baño. Yo obedecía sin pensarlo, era una especie de juego interno que teníamos desde los quince años a partir de una vez en que en el boliche yo me encontraba desconcertado por el alcohol y Cristian se burlaba de mí dándome órdenes sin sentido. Dicen que le pregunté a un pelado si podía lamer su cabeza. Yo no lo recuerdo. Pero confío en Cristian, y confío también en sus consignas, que se han convertido con los años en mi oráculo personal. Así conocí a Natalí. Hace cuatro años. Me había dicho que cuando saliera del baño le diera un papel con mi número a la primera mujer que viera. Cumplí con la orden y al día siguiente Natalí me había escrito un mensaje. 
Esa noche en el bar avisé que iba a pasar al baño esperando que Cristian se aproxime más a mí, creando una capsula para que solo participen de la conversación su boca y mi oreja. Recibí la orden y, entre pasos descoordinados, me dirigí hacia el baño que tenía pintada en la puerta la silueta con pantalones.
Me miré al espejo un momento y me noté pálido. Había tomado mucho y también había fumado marihuana. Supuse que si me lavaba la cara y orinaba el mareo iba a disminuir. Me lavé la cara y me dirigí hacia los mingitorios. Me desabroché el pantalón, saqué mi miembro y me dispuse a vaciar la vejiga. Mientras orinaba recordaba la consigna de Cristian y pensaba que había tenido mala suerte esa vez, porque el baño estaba vacío. A la vez, me regocijaba en secreto puesto que si algo me avergonzaba era mi tamaño.
En medio de lo que parecía ser una catarata de orina interminable, escucho los pasos de alguien más entrando por la puerta. No me volteé, pero parecía una caminata firme y decidida.
El sujeto se aproximaba hacia los mingitorios y yo solo podía pensar en la manera de esbozar la consigna. En eso, el tipo se para estrechísimo en el mingitorio de al lado y es atrapado por mi mirada. Tenía los dedos gruesos y enormes, medía como medio metro más que yo. Era rubio, casi calvo. Lo miré y no lo pensé demasiado, emití mi enunciado: “Estoy acá para que me cuentes todo.” 
El grandote sostenía su miembro con las dos manos, evitaba mirarlo, pero tampoco me atrevía a verlo a la cara. Siguió orinando como si nada, después de unos segundos giró apenas la cabeza con un ademán extraño que develaba apenas su embriaguez, y me dijo: “treinta y siete años tenía cuando se lo conté a mi mujer.” 
Me quedé estático esperando que continúe. Lo único que pude hacer disimuladamente fue mover las manos para guardar el miembro adentro del pantalón y cerrar el cierre. Me quedé parado casi en la misma posición inicial a la espera del relato. El tipo seguía orinando hasta que en un momento se detuvo y lo sacudió con ambas manos adentro del mingitorio. 
Subió el cierre de su pantalón y se paró en dirección a mí.
- No me voy a olvidar nunca, mirá. Fue el peor y el mejor día de mi vida, así, sin matices. Yo a Claudia la quería mucho, pero no sé por qué nos habíamos casado. Nos habíamos conocido de pendejos, ella era la persona que más me conocía y así y todo nunca se dio cuenta de nada. Medio ingenua la pobre, muchas ganas de tener una familia perfecta y yo… yo le arruiné todo. Soy un hijo de puta, pero ese día… ese día, mirá, estaba volviendo a casa y sentía que no aguantaba más, si no se lo contaba ahí iba a explotar.
El tipo hizo una pausa y miró para abajo. Yo lo miraba con atención. De la nada ese hombre en el baño me estaba contando un episodio importante de su vida sin siquiera conocerme, pero algo dentro mío detenía la urgencia por lavarme las manos y por volver a la mesa, algo me exigía terminar de oírlo.
- Teníamos una familia hermosa, Claudia era hermosa, siempre fue. Los chicos eran chicos todavía. La más chiquita, Clarita, habrá tenido cuatro y el nene, Francisco, siete… Ay, el panchito… A mí me encantaba ser padre y yo podría haber seguido siéndolo y estoy seguro de que habría sido el mejor, pero bueno. Dios mío, a veces pienso ¿Para qué mierda se lo conté? Si yo hubiera sabido, yo te juro que…
Hizo una pausa, como si viniera a él un arrepentimiento instantáneo y visceral, una culpa que le daba fobia. 
- Pero te juro que no podía más, ya no podía más. 
Hizo otra pausa y me miró con una sonrisa inocente buscando complicidad, mientras que yo permanecía atento sin comprender del todo a lo que iba.
- Disculpame, pibe, si te aburre la anécdota, pero vos me dijiste que te cuente todo – Se rió. – Yo trabajaba en las carreras, me iba todos los fines de semana y hacía buena plata, por eso Claudia tampoco sospechaba nada. La verdad es que siempre me gustó, yo me crié en medio de los fierros, mi viejo era mecánico. De chico lo acompañaba a las carreras y siempre me quedaba hipnotizado mirándolas a ellas: las promotoras. No sé qué era lo que más me llamaba la atención, yo creo que era todo: el labial rojo, la ropa ajustada, la postura derechita y estilizada llevando la sombrilla, y el pelo siempre impecable, brillaba en el sol. Yo iba a verlas a ellas, nada más. Me gustaba mucho mirarlas. Mi papá viajaba siempre y yo siempre le insistía para acompañarlo, así que ya me había hecho amigo de algunas. El era un macho, me jodía con que ya de chiquito tenía levante, así que me llevaba, se regocijaba de que el hijo esté todo el día atrás del culo de las promotoras. Yo aprovechaba.
Después fui perdiendo el gusto, me alejé de todo eso, hasta que a los veintiuno, cuando dejé la facultad, me metí en un taller. Era lo único que sabía hacer de oficio, así que no me fue difícil al principio. Pero en las primeras carreras ya me empezó a pasar lo mismo que cuando era chico, no podía parar de mirar a las promotoras. Mis compañeros de laburo me trataban de pajero y se reían, yo por dentro no sabía como mierda explicarles lo que me pasaba.
Cuando nadie me veía yo me hacía el boludo y me iba. Buscaba la carpa de las promotoras y las miraba de lejos, como admirándolas. Y una vuelta de esas, años más tarde, yo ya estaba casado con Claudia y el nene más grande ya había nacido, se me acerca una con un tonito medio desafiante a decirme que las deje de espiar porque iba a llamar a la seguridad. Yo me quería morir, imagínate, así que le dije la verdad. Le dije que me disculpe, que no las quería incomodar, para colmo yo era un tipo boludo, tímido. Y ahí nomás me largué a llorar y me salió decirle la verdad, a esa mina, que ni me conocía. Le dije que yo quería ser promotora, que toda la vida me había llamado la atención y que me moría por pintarme la jeta de rojo y revolear la sombrilla en el medio de la pista con esos tacos altísimos que usaban, y de mover el culo. La mina me miró como con ternura y un poco de lástima, no me voy a olvidar nunca, me dijo que la acompañe y me llevó con ella a la carpa en la que estaban todas. Por primera vez me sentí en el paraíso, en el lugar en el que siempre había querido estar. Cuando entré a la carpa, no me voy a olvidar nunca, mirá, Sandra me dice que me siente. Con Sandra hoy somos grandes amigos, ella es más grande que yo, ahora tiene una hernia y no se puede mover mucho, pero siempre que puedo la voy a visitar porque fue la que me cambió la vida para siempre. Y bueno, me senté en un banquito que había, una de esas banquetas de plástico. Sandra me dice que la espere, que ya venía. En eso, la trae a Tania, la matrona. Por ella yo me di cuenta que podía ser promotora, y sin embargo, a esa hija de puta no la puedo ni ver, una víbora terminó siendo, pero bueno… Y ¿Qué te decía? Ah, sí. Entonces viene con Tania y con otras dos y se me sientan al lado, como en rondita. Ahí me cuentan que Tania era una mujer trans, que hacía unos años se había curtido a uno medio pesado de la organización y le habían dado laburo como promotora. Había dejado la prostitución y ahora revoleaba contenta la sombrilla en el medio de la pista cual reina del carnaval. Yo ahí me desanimé un poco, viste, yo no era trans ni me había curtido a ninguno del poder. Yo era un tipo que trabajaba como mecánico y que quería ser promotora. Un disparate. Sin embargo, le conté todo a las chicas. Me miraban… yo era la primera vez que hablaba. Yo creía que me iban a mandar a la mierda, que iban a pensar que las estaba jodiendo. Pero Sandra me pidió el número y me dijo que me iban a llamar para avisarme cuando me tocaba. A la semana siguiente me manda un mensaje: “Hola Pablo, soy Sandri. Avisame si te puedo llamar”. Ahí nomás me llamó y me explicó todo. Me dijo que le pase mis medidas y mis datos personales por mensaje de texto. Le hice caso y a los días me pasa todo, a donde tenía que ir, la hora, todo. No lo pensé y renuncié, tampoco le conté nada a Claudia porque fue todo muy rápido, no me dio ni tiempo. El fin de semana ya estaba ahí, en San Nicolás fue la primera carrera. Me compré una peluca rubia divina, me quedaba hermosa. A la rubia la guardo todavía de recuerdo. Cada vez que la encuentro me agarra algo en el pecho.
Y así pasaron seis años, yo me iba todos los fines de semana, como siempre, y ella ni sospechaba. En la semana le decía que me iba al taller, pero en realidad casi siempre terminaba en el shopping mirando ropa y maquillaje que nunca compraba por miedo a que me descubran. Todo lo que usaba en el trabajo estaba escondido en la valija con cosas de mi papá que ella no se atrevía a tocar, así que todo era perfecto. Era todo lindo, todo perfecto, hasta que un día no pude más. Habíamos terminado temprano con las chicas y me dicen de tomar algo antes de irnos, yo digo que sí y ni hice tiempo a vestirme, así que me fui así. Estaba divina, me sentía una reina, pero mientras tomábamos el vermú pensaba en que tenía que sacarme todo antes de llegar a la terminal. No quería, me di cuenta de que no quería, de que quería volver así, que no me quería esconder más. No le dije nada a las chicas, nos despedimos en la terminal, menos con Elena que vivía en un pueblo que quedaba para el mismo lado. Me bajé en la terminal, pedí un taxi y fui hasta mi casa así, de calcita apretada, peluca rubia y con la jeta colorada. 
Cuando abrí la puerta Claudia pensaba que la estaba jodiendo, aunque yo nunca fui un tipo muy jodón. Le dije la verdad, le dije que a veces me gustaba vestirme así, que me hacía feliz, que igualmente yo quería seguir siendo su marido y el padre de los chicos y que me perdone por no habérselo dicho antes. Lloró desconsolada como por una hora sin decirme nada. Llamó a la madre y le dijo que se lleve a los chicos. Ahí recién pudimos hablar bien. Le conté todo lo que me pasaba, todo lo que sentía, todo. Después me abrazó, me pidió perdón ella y eso fue lo último que me dijo…
Miré al tipo unos segundos, ahora sí a los ojos. Estaba desbordado, absorbido por la angustia interminable, yo quería que continuara pero no sabía bien que decirle. Sus manos temblaban y su mirada parecía no poder levantarse del suelo, hasta que emitió un quejido con la garganta para desinhibirla y continuó:
- Al otro día agarró el auto con los chicos y se fue al medio del campo. Lo roció entero con nafta y lo prendió fuego. Los tres adentro, calcinados. ¿Podés creer, pibe? Cuando vi los cuerpitos de los chicos estaban… negros, hasta el hueso. Es algo que nunca me voy a perdonar, aunque la gente siempre me diga que no fue culpa mía y que ella siempre estuvo medio loca.
- Lo siento mucho… - Dije sin poder decir otra cosa.
- Por eso – siguió diciendo, ahora en tono borracho moralejo – hay que fijarse muy bien a quien se le cuentan las cosas, pibe, hay que tener cuidado, porque no toda la gente está preparada para la verdad. Cuidate, pibe. 
El hombre se alejó de los mingitorios y se lavó las manos, ahora en silencio, y se marchó súbitamente. Cuando volví a la mesa Cristian me hizo un chiste de que me había andado toqueteando con algún otro hombre en el baño. Solo me reí y asentí, y no le conté nada de lo sucedido.

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