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"La luna blanca, inmóvil, lagrimea, y es un ojo que apunta… Y siento cómo se acuña el gran Misterio en una idea hostil y ovóidea, en un bermejo plomo.” (Vallejo, 1919) Más de dos horas pasaron desde que el mundo cambió por completo. La oscuridad de la noche descansaba ahora en el precipicio de su mirada, más por debajo de los ojos, en donde vívidamente se mostraban todas las cosas del universo. Muchos años más tarde algo por fin salió de su interior y se transformó en una potencia, que rápidamente se convirtió en una acción: en palabra. Fue como si una ligera llovizna cubriera después de mucho tiempo su jardín y las flores reverdecieran con sus aromas y sus formas. En su caso la palabra nunca había podido ser bien empuñada, le aterrorizaba que alguien escuchase lo que tenía para decir. Por eso prefería tan solo hacer en tanto hacer con el cuerpo, sin palabra alguna. Hacer para las demás personas para suplir su ausencia sonora. Y así poder callarse, profundamente. Pero ...