La primavera en el pueblo.

Llegó la primavera que trae la misma angustia pero decorada con colores brillantes y aromas florales. Mi estación favorita. Y, sin embargo, el mundo sigue siendo tan abyecto.


El mundo tan abyecto y, sin embargo, los jazmines siguen floreciendo todos los septiembres. Las calles de la ciudad se sonrojan al llegar la primavera. Y, sin embargo, el mundo sigue siendo tan abyecto. 
Tan serena la mirada del caminante que no encuentra nada en lo que ve. La angustia es ver más allá o no ver: por igual el hombre se enfrenta a esa inevitable incompletud.
Cuando no encuentra una salida el hombre mira hacia arriba. Las nubes. Los pájaros. Las hojas de los árboles. Los rayos de sol centelleantes. La naturaleza no lo espera y, sin embargo, ahí está. 
Nadie está para él. Ni los jazmines, ni la primavera, ni el mundo abyecto. Si algo existe es por su propio mérito.  
El hombre mira las sombras de los árboles sobre el cemento. Solo un hombre que ha experimentado la inmanencia del abismo puede hacerlo. 
Ahora llora porque puede llorar. Algunas veces enfrenta al azar y otras cree en él. Hoy se deja integrar por el canto lúgubre de las aves. Hoy es lúgubre. Nunca el canto de las aves es otra cosa más que un retazo de mundo siendo interpretado. 
No resulta del todo en vano la angustia del hombre. Es, de hecho, lo único que le permite sentirse vivo. 
Si algún día las lágrimas dejaran de caer. Si algún día los jazmines dejaran de florecer. Si el mundo abandonara su aspecto abyecto sabría el hombre que la muerte ha llegado hasta él. Morir no es tanto desaparecer como enfrentarse a la propia ausencia.


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