Ducha
El objetivo de esta crónica probablemente haya sido conclusión de muchas otras antes de que ésto llegue a mí; para nada yo podría declararme dueña de éstas palabras. Una multitud histórica tuvo que antecederme para que yo hoy esté entregada a este papel, a estas manos. Mi vocación es un regalo divino, y Dios no es más que aquello en mí: la historia haciéndose carne en el presente.
La modestia es también algo heredado de mis antepasadas, tiene sus características favorables cuando se revela a través del criterio estético y no como insoportables inseguridades que regulan la conciencia. Quizá esté exagerando un poco. Hoy tengo más control sobre ella, y ¿mañana? No lo sé. Mañana puede ser también un pasado en el que la angustia acecha. Lo importante sería, naturalmente, ignorarla. Pero, ¿se puede ignorar algo que atraviesa tan visceralmente?
El pensamiento no puede de ninguna manera pensarse en tanto línea histórica. Es más bien una especie de bosque profundo, en el que se manifiestan muchas formas de habitar el mundo diferentes; árboles, animales, insectos, organismos unicelulares. Muchas veces una podría cruzarse con una araucaria, mas la araucaria no será la misma nunca. No se sabe en el bosque si se camina en línea recta o zigzagueando, y es ahí donde radica una belleza primitiva: dejarse guiar por la materia viva a través de sus indescifrables caminos.
Días atrás estaba por ducharme. Sentada, casi en cuclillas sobre el bidet del baño de casa mientras fumaba un cigarrillo. Era más bien tarde, normalmente prefiero ducharme por la tarde o por la noche, porque es cuando no hay nadie merodeando por la casa y el momento se tiñe de una soledad casi absoluta.
Ese día era de noche, tarde. Me sentía sucia del día y con olor a cigarrillo por pasar horas frente al papel necesitando un estímulo.
Mientras el cigarrillo se consumía en el intersticio entre mis labios y el inodoro, que recibía la muerte gris a través de mi gesto, pensaba. Pensar es una actividad que no puedo cesar, y que a veces me erosiona. Pero, es que, ¿puede alguien en realidad, detener el pensamiento? Si alguien puede, quizá, me serviría algún consejo. De lo contrario, seguiré escribiendo acerca de algo que vino a mí a las casi dos de la mañana mientras me fumaba un cigarrillo sentada en cuclillas sobre el bidet.
Ese día, entonces, me sentía una extraña con respecto a mi cuerpo. Había algo que mi útero había comprendido antes que yo y se manifestaba ahora a través de la inflamación.
Quería comunicarse y, comprendo, que así como hay que dejarse guiar por la materia externa que es también parte nuestra, hay que dejarse guiar por la parte nuestra que es también materia externa: el cuerpo, la experiencia de exiguidad.
Ducharse es un acto de intimidad absoluta, en donde una puede observar la integridad del cuerpo propio en su gesto más primitivo: la desnudez. Ahí estaba yo, entonces: a punto de ducharme.
Resulta que suelo apreciar casi todo como una experiencia estética, aunque a veces la sensibilidad me traspasa y, a la vez que me hace sentir inexigua me revela también, limitada. Pero defiendo esta idea también porque sostengo algo que Juan José Saer ya ha significado antes: "la experiencia estética es un acto radical de libertad".
La ducha es una experiencia estética cotidiana; no solo una se exhibe ante su propia mirada, sino que el tacto es también quien dirige esta actuación. Es un instante detenido en el tiempo, y por sobre el tiempo, en que una se encuentra con una misma desde el ser más puro; ya no: ver, tocar, sentir; sino: verse, tocarse, sentirse.
Esa libertad es una libertad racional. Aunque, como precisa con agudeza esencial el punctum barthesiano, no se pueda (o no se deba) explicar del todo aquello que nos conmueve, dejarse sumergir por la experiencia estética es algo que se educa y se trabaja: me conmuevo ahora porque ya me he conmovido, y porque otras ya se han conmovido antes.
Todo esto que intento precisar a través de las palabras, como ya he intuido al inicio, no podría provenir solo de mí. Me reconozco producto de la historia, de quienes me anteceden y a quienes desconozco. Pero también de mis contemporáneas, de quienes habitan conmigo el mundo a través de la palabra y de la praxis colectiva. Quienes resisten a mi lado lo intuyen también: ducharse es una manera de limpiarse del mundo, que es cruel y que es absurdo.
Y pensando en aquello tropiezo, como me es natural, con la culpa. Culpa por tener escasos privilegios de clase frente a otras: acceder a la experiencia estética, ducharme. Ésto me angustia profundamente por un momento ¿cómo podría considerarse justo un sistema en que alguien no tiene acceso a ducharse? Si en ducharse existe la potencia de explorarse, y explorarse es acceder a la experiencia estética.
Entonces, abro la canilla. El agua tarda unos segundos en llegar, casi como si dudara. Primero, un hilo tibio recorre mis piés. Después el golpe más firme. Hay algo que me tranquiliza de ese instante: el mundo, por un momento, parece responder y yo siento que por primera vez tengo el control sobre algo que no me pertenece.
Mientras el vapor tiñe el espejo y mi nitidez desaparece para volver mi proyección una figura abstracta pienso en que el agua es una de las ficciones más perfectas de la igualdad: cae sobre todas las pieles, pero no todas las pieles llegan hasta ella. Yo estoy en ella, como quien se deja arrastrar por el oleaje impredecible del mar. Otras no. Otras lo estuvieron a medias. Otras: nunca.
Me mojo el pelo. El agua disipa de a poco el olor a cigarrillo, el cansancio del día y algo de esa culpa que no termina de borrarse. Porque ducharse limpia; purifica, pero a la vez descubre: dejá entrever con crudeza lo que se tiene, lo que se da por asumido, lo que corre.
Pienso en quienes se han duchado rápido, con miedo. En las que han aprendido a ocultar su cuerpo antes de poder habitarlo. En quienes no han tenido nunca la suerte natural de quedarse a solas con la propia desnudez.
El agua sigue cayendo, recorre íntegro mi cuerpo. Me descubro regulando el tiempo, cerrando apenas la canilla cuando la lluvia no es necesaria, como si ese gesto mínimo pudiera arreglar algo. Como si mi precaución individual bastara para que todo sea un poco menos injusto. Sé que no. Sé que hay una violencia mayor en juego: la de un mundo que convierte lo esencial en privilegio y después instala la culpa por el goce.
Y, sin embargo, sigo ahí: bajo el agua que me purifica y que devela mi falta. Porque esta intimidad, aún atravesada por la historia que es siempre un entramado colectivo, es una forma muy diminuta de resistencia: mirarse sin testigos, tocarse sin mandatos y dejarse tocar por la materia efímera, reconocerse viva.
Cierro la canilla y el agua sigue goteando sobre mis pies como vestigio de algo.
Pienso, en verdad, que no es aquel que se declara dueño sino quien no se reconoce propietaria de nada a quien pertence este agua que acompaña mi vigilia.
Comentarios
Publicar un comentario